martes, 12 de julio de 2016

Argentina: mal uso de los agroquímicos provoca problemas de salud

Fuente:
http://www.infobae.com/2013/10/21/1517756-argentina-mal-uso-los-agroquimicos-provoca-problemas-salud/



El boom de la soja en la Argentina, el principal producto de exportación del país,
está relacionado con el uso de semillas transgénicas. La mala aplicación de herbicidas 
y pesticidas trae consecuencias sobre algunos sectores de la población rural
El peón de campo Fabián Tomasi no estaba entrenado para usar pesticidas. Tenía que llenar los tanques de los rociadores lo más rápido posible para que siguiesen fumigando, lo que frecuentemente implicaba ducharse en sustancias tóxicas. Hoy, a los 47 años, es un esqueleto en vida y le cuesta salir de su vivienda en la provincia de Entre Ríos.
La maestra de escuela Andrea Druetta vive en la provincia de Santa Fe, corazón de la zona deproducción de soja argentina y donde está prohibido rociar agroquímicos a menos de 500 metros de las zonas pobladas. Pero se siembra y fumiga soja a 30 metros de su casa y sus hijos fueron rociados con veneno mientras nadaban en su piscina.
Luego del fallecimiento de su bebé recién nacido por una falla renal, Sofía Gatica hizo una denuncia que dio lugar a la primera condena que hubo en Argentina por el uso ilegal de sustancias agroquímicas. El veredicto del año pasado, no obstante, llegó demasiado tarde para sus 5.300 vecinos de Ituzaingó Anexo. Un estudio del Gobierno encontró niveles alarmantes de contaminación agroquímica en la tierra y en su agua potable, y un 80% de los niños examinados tenía rastros de pesticidas en su sangre.
La biotecnología estadounidense hizo de Argentina el tercer productor mundial de grano de soja, pero el uso de las sustancias químicas que potenciaron ese boom van más allá de los campos de soja, algodón y maíz.


The Associated Press documentó decenas de casos en provincias agricultoras donde se emplean sustancias tóxicas en maneras que no fueron previstas por las regulaciones señaladas por la ciencia o que estuvieran específicamente prohibidas por la ley, y en un contexto de pocos controles estatal. El viento arrastra los tóxicos, que quedan esparcidos en escuelas y viviendas al tiempo que han contaminado fuentes de agua. Los peones del campo manipulan las sustancias sin el equipo protector necesario y la gente almacena agua en contenedores de pesticidas que deberían haber sido destruidos.
Ahora los médicos advierten que el uso descontrolado de pesticidas puede ser la causa de crecientes problemas de salud que vienen experimentando los 12 millones de personas que viven en la vasta región agrícola de Argentina.
En Santa Fe, las tasas de cáncer son entre dos y cuatro veces más altas que el promedionacional. En el Chaco, los defectos de nacimiento se cuadruplicaron desde que el uso de esta biotecnología aplicada al campo se disparara hace 17 años.
"El cambio en la forma de producir, francamente ha cambiado el perfil de enfermedades", dijo Medardo Ávila Vásquez, pediatra y cofundador de Médicos de Pueblos Fumigados, parte de un creciente movimiento que exige la aplicación de normas seguras en la agricultura. "Nos hizo perder una población bastante sana. Ahora vemos una población con altas tasas de cáncer, niños que nacen con malformaciones y enfermedades que eran muy infrecuentes".
Una nación que supo ser conocida por su ganado alimentado con pasto ha sido transformada, desde 1996, cuando la empresa Monsanto, con sede en Saint Louis, Missouri, convenció a Argentina de que la adopción de sus semillas y sustancias químicas patentadas aumentaría las cosechas y reduciría el uso de pesticidas. Hoy, toda la cosecha de soja y casi toda la producción de maíz y algodón están modificadas genéticamente. Las áreas de cultivo de soja se triplicaron y ahora abarcan 19 millones de hectáreas.
El uso de los pesticidas bajó al principio, pero luego repuntó y se multiplicó por nueve. De los 34 millones de litros de 1990 se pasó a casi 317 millones en la actualidad, a medida que los agricultores aumentaban sus cultivos, hasta un máximo de tres cosechas al año, mientras las pestes se hacían más resistentes a las sustancias.
En general, los agricultores argentinos aplican un estimado de 4,3 libras de agroquímicos por hectárea, más del doble de lo que usan los estadounidenses, de acuerdo con un análisis de la AP de datos del Gobierno y de la industria de los pesticidas.
El glifosato, componente clave de los pesticidas Roundup de Monsanto, es una de las sustancias químicas más usadas y menos tóxicas del mundo para eliminar la maleza. Es segura si se aplica debidamente, según muchas agencias reguladoras, incluidas las de Estados Unidos y Europa.

El pasado primero de mayo, la Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidosaumentó el nivel aceptable de residuos de glifosato en alimentos tras llegar a la conclusión, basada en estudios presentados por la empresa, de que "hay una certeza razonable de que no causará perjuicios en la población en general ni en los bebés y niños por su exposición acumulada".
Argentina adoptó el modelo de Monsanto, pero la aplicación de las normas de seguridad varía, ya que en la regulación de la agricultura priman las 23 provincias, que tienen distintas normativas. El rociado está prohibido a menos de tres kilómetros de las zonas pobladas en algunas provincias, pero es permitido a 50 metros en otras. Un tercio de las entidades territoriales no prevén límite alguno y la mayoría no tiene políticas detalladas de cumplimiento de las normas.
Una ley nacional obliga a quienes aplican sustancias químicas que puedan amenazar la salud a adoptar "medidas eficaces para impedir la generalizada degradación del ambiente, sin importar costos o consecuencias". Pero la ley nunca se aplicó a la agricultura, según comprobó laAuditoría General de la Nación el año pasado. 
En respuesta a numerosas denuncias, la presidente Cristina Fernández de Kirchner creó, en 2009, una comisión para que investigara a fondo la aspersión de agroquímicos. Esa comisión hizo público un informe de avance en septiembre del mismo año que dice que "es necesaria la ejecución sostenida en el tiempo de controles sistemáticos de concentraciones del herbicida y compuestos de degradación, como de estudios exhaustivos de laboratorio y de campo, que involucren a los formulados que contengan glifosato, como así también su(s) interacción(es) con otros agroquímicos, bajo las condiciones actuales de uso en nuestro país". La comisión, sin embargo, no se ha reunido desde 2010, según la Auditoría General.
Funcionarios del Gobierno insisten en que el problema no es la falta de investigación, sino la mala información que recibe la población.
"He leído infinidad de documentos, encuestas, videos en contra de la biotecnología, artículos en medios, en los universidades, tanto en Argentina como en Gran Bretaña, y realmente quienes leen todo esto se encuentran en una ensalada (se marean) y terminamos confundidos", dijo el ministro de Agricultura, Lorenzo Basso. "Creo que tenemos que repartir el compromiso de Argentina como productor de alimentos. Si no nos posicionamos en este principio, empezamos a cuestionar cuál es el modelo argentino".
En una declaración escrita, Monsanto dijo que "no aprueba el mal uso que se haga de los pesticidas o la violación de cualquier ley sobre el uso de plaguicidas, reglamentos o decisiones judiciales" que al respecto se hayan promulgado.
"Monsanto toma muy en serio la administración de los productos y nos comunicamos regularmente con nuestros clientes con respecto al uso adecuado de nuestros productos", dijo a la AP Thomas Helscher, vocero de Monsanto.

Modelo Monsanto
 Argentina fue uno de los primeros países en adoptar el nuevo modelo de la agricultura biotecnológica promovido por Monsanto y otras empresas agrícolas estadounidenses.
En lugar de rotar la tierra abonada y rociarla de pesticidas, para luego esperar que las sustancias tóxicas se dispersen antes de plantar, los agricultoras hacen la "siembra directa" y luego rocían la zona sin dañar las cosechas que han sido modificadas genéticamente para que puedan tolerar determinadas sustancias químicas.
La siembra directa requiere mucho menos tiempo y dinero y permite al agricultor hacer más cosechas y cultivar incluso en tierras que antes eran consideradas poco rentables.
Las pestes, no obstante, se hacen resistentes de manera más rápida, sobre todo cuando se aplican las mismas sustancias químicas a cultivos modificados genéticamente en gran escala.


Por eso es que los agricultores usan glifosato, considerado uno de los herbicidas más seguros del mundo, en concentraciones cada vez más altas y lo mezclan con sustancias mucho más tóxicas, como la 2,4,D, empleada por los militares estadounidenses en lo que se bautizó como el "Agente Naranja" para deforestar las selvas durante la guerra de Vietnam.
En 2006, una división del Ministerio de Agricultura argentino recomendó que las etiquetas advirtieran que el uso de mezclas de glifosato y sustancias más tóxicas debe limitarse a "áreas agrícolas, alejadas de viviendas y centros poblados". Pero la recomendación fue ignorada, según la investigación de la Auditoria General.
El Gobierno cita investigaciones de la industria avaladas por la autoridad ambiental estadounidense, que el primero de mayo dijo que "no hay indicios de que el glifosato sea un químico neurotóxico y no hay necesidad de hacer un estudio" al respecto.
El biólogo molecular Andrés Carrasco, de la Universidad de Buenos Aires, dice que los cócteles químicos son alarmantes, pero que el glifosato por sí solo puede generar trastornos a la salud de los humanos. Comprobó que la inyección de dosis muy bajas de glifosato en embriones de ranas y pollos puede alterar los niveles de ácido retinoico, lo que causa defectos en la columna similares a los que médicos detectan cada vez más en comunidades humanas donde se usan agroquímicos.
El ácido, una especie de vitamina A, es fundamental para combatir el cáncer y desencadenar expresiones genéticas, el proceso por el cual las células embrión se transforman en órganos y miembros.
"Si es posible reproducirlo en el laboratorio, seguramente lo que está pasando en el campo es mucho peor", dijo Carrasco. "Y si es mucho peor, y sospechamos que es, lo que tenemos que hacer es ponerlo bajo una lupa".
Sus hallazgos, publicados en la revista Chemical Research in Toxicology en 2010, fueron rechazados por Monsanto, que dijo que "no sorprenden dada la metodología y los escenarios de exposición irreales".


Monsanto sostuvo, en respuesta a las preguntas de la AP, que los análisis de la seguridad de los químicos deben hacerse únicamente en animales vivos y que la inyección de embriones "es menos confiable y menos relevante en la evaluación de los riesgos para los humanos".
"El glifosato es menos tóxico que el repelente que pones en la piel de los chicos", dijo Pablo Vaquero, vicepresidente de Monsanto en Argentina y director de asuntos corporativos de la empresa en el Cono Sur. "Dicho esto, habría que tener una hojita de responsabilidad en el buen uso de productos, porque de ninguna manera pondría repelente en la boca de los chicos, y ningún aplicador ambiental debería utilizar un mosquito o un avión fumigador sin darse cuenta de las condiciones ambientales y las amenazas que hay a partir del uso del producto". En los campos, las advertencias son vastamente ignoradas.
Durante tres años Tomasi estuvo expuesto cotidianamente a los químicos al llenar de pesticidas los tanques que se usan para rociar los cultivos. Ahora está al borde de la muerte, víctima de una polineuropatía, una enfermedad neurológica que lo tiene sin fuerza, marchito.
"Preparaba millones de litros veneno sin ningún tipo de protección, como guantes, máscaras o vestimenta especial", dijo. "No sabía nada de esto. Aprendí después de hacer contacto con científicos. Los venenos vienen en bidones, son líquidos concentrados con un montón de precauciones que tomar al momento de aplicarlo". Pero "nadie toma precauciones".
La soja se vende a 500 dólares la tonelada y los agricultores la plantan donde pueden, ignorando a menudo las recomendaciones de Monsanto y las restricciones establecidas en las leyes de las provincias, pues rocían sin avisar a la población, incluso cuando soplan vientos.
En Entre Ríos, los maestros dijeron que no se respeta el límite establecido de no rociar a menos de 50 metros en 18 escuelas y que 11 de esos campos de cultivo fueron fumigados en plena clase. Cinco maestros hicieron denuncias a la policía este año.
La maestra Druetta denunció en Santa Fe que algunos estudiantes se desmayaron cuando los pesticidas entraron a las aulas y que el agua potable de su pueblo de Alvear está contaminada. Dice que la escuela carece de agua purificada y que un vecino mantiene congelados cuerpos de conejos y pájaros que cayeron muertos tras la aspersión con la esperanza de que alguien los estudie.
En la provincia de Buenos Aires está prohibido cargar o preparar equipos para fumigar en áreas pobladas, pero en pueblos como Rawson se rociaron los tóxicos al otro lado de la calle, donde hay viviendas y una escuela, y las sustancias tóxicas que se desbordan fueron a parar a una zanja.
Félix San Román dice que cuando se quejó de las nubes de sustancias químicas que llegan a su casa, los rociadores le dieron una golpiza que rompió su columna y algunos dientes. Afirmó que hizo una denuncia en 2011, que fue ignorada.
"Este es un pueblo chiquito donde nadie se enfrenta con nadie y las autoridades hacen la vista gorda", dijo San Román. "Sólo quiero que se aplique la ley existente, que dice que no se puede hacer esto adentro (a menos de) 1.500 metros. Nadie la respeta".
A veces hasta las órdenes judiciales son ignoradas. En enero, el activista Oscar di Vincensi se plantó frente a un tractor en un campo aledaño a una casa, mostrando un papel con un fallo que impide rociar a menos de 1.000 metros de las viviendas en su pueblo, llamado Alberti. El conductor del tractor lo ignoró y lo roció de pesticida.

El riesgo en la salud
 El doctor Damian Verzenassi, director del programa de Medio Ambiente y Salud de la facultad de medicina de la Universidad Nacional de Rosario, decidió tratar de averiguar el motivo de un aumento en los casos de cáncer, defectos de nacimiento y pérdidas de bebés durante el embarazo en los hospitales de Argentina.
"No fuimos a encontrar problemas de agroquímicos", dijo el médico. "Fuimos a averiguar qué estaba pasando con la gente".
Desde 2010, hizo un estudio epidemiológico casa por casa que incluyó a 65.000 personas en la provincia de Santa Fe y comprobó que las tasas de cáncer son entre dos y cuatro veces el promedio nacional, incluidos el cáncer de pecho, de próstata y de pulmón. También se comprobaron altos índices de trastornos en la tiroides y de problemas respiratorios crónicos.
"Puede estar vinculado con los agrotóxicos", dijo Verzenassi. "Hacen los análisis de toxicidad sobre el primer ingrediente, pero nunca han estudiado las interacciones entre todos los químicos que están aplicando.
La médica María del Carmen Seveso, quien dirige desde hace 33 años las unidades de terapia intensiva y comisiones de ética en hospitales del Chaco, se alarmó al ver que, según certificados de nacimiento, los defectos congénitos de los bebés se habían cuadruplicado, de 19,1 a 85,3 por cada 10.000 nacimientos, desde que se aprobó la siembra de cultivos modificados genéticamente hace una década.
Empeñada en hallar las causas, Seveso y su equipo médico encuestó a 2.051 personas en seis pueblos del Chaco. Comprobó que hay más enfermedades y defectos en los pueblos agrícolas que en pueblos ganaderos. En Avia Terai, el 31% de los consultados dijo tener un familiar que contrajo cáncer en la última década, comparado con el 3% del vecino pueblo ganadero de Charadai.
Al visitar estos poblados rodeados por cultivos, la AP encontró rastros de sustancias químicas en sitios donde se supone que no deberían estar.
Claudia Sariski, cuya casa no tiene agua, dice que no deja que sus mellizas beban el agua almacenada en contenedores donde hubo sustancias químicas que tiene en el patio trasero. Pero sus pollos lo hacen, y ella usa esa agua para lavar la ropa.
"Preparan las semillas y el veneno en sus casas. No se ha tomado conciencia de lo que están haciendo", dijo la agrimensora Katherina Pardo. "Es muy común, tanto en Avia Terai como en pueblos vecinos, que usen los recipientes usados para abastecer de agua la casa. Como no hay agua potable, la gente los usa igual. Son gente muy práctica".
El estudio detectó enfermedades que, según la médica Seveso, antes no eran comunes, como defectos de nacimiento, deformaciones del cerebro, médulas espinales expuestas, ceguera o sordera, lesiones neurológicas, infertilidad y problemas inusuales en la piel.
Aixa Cano, una niña de cinco años, tiene verrugas peludas en todo el cuerpo. Su vecina Camila Verón, de dos años, nació con varios defectos. Los médicos les dijeron a las madres que los agroquímicos podrían ser responsables.
"Me dijeron que fue lo que tomaba, que está en el agua porque tiran mucho veneno acá cerca", dijo la madre de Camila, Silvia Achaval, señalando hacia su hija. "Los que dicen que tirar veneno no tiene efecto... no sé qué sentido tiene, porque allí tiene la prueba".
Es casi imposible demostrar que la exposición a una sustancia química específica puede haber causado el cáncer o defectos de nacimiento en una persona. Pero, al igual que otros médicos, Seveso dice que los resultados en Chaco hacen necesaria una rigurosa investigación del Gobierno.
Su informe de 68 páginas, sin embargo, fue archivado por un año en el Ministerio de Salud del Chaco. Finalmente, se filtró una copia, que fue distribuida por internet. "Hay cosas de las que no se habla, cosas que no se escuchan", dijo Seveso. Los científicos dicen que sólo estudios más amplios, a largo plazo, pueden descartar a los agroquímicos como causantes de estas enfermedades.
"Es por ello que hacemos estudios epidemiológicos de males cardíacos, problemas con el cigarrillo y todo tipo de cosas", dijo Doug Gurian-Sherman, ex regulador de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense que ahora colabora con la Union of Concerned Scientists. "Si tienes indicios que revelan graves problemas de salud, no esperas hasta tener pruebas absolutas para tomar medidas".
AP- Por Michael Warren y Natacha Psiarenko

lunes, 11 de julio de 2016

O.G.M: organismos genéticamente modificados - Peligro mayor del que declaran los vendedores

Le Monde | Polémica sobre los transgénicos
¿Criminal, Greenpeace?
08/07/2016 | StéphaneFoucart
Estos días, la prensa no deja de explayarse a bombo y platillo sobre una carta abierta investida de una autoridad aplastante: está firmada por un centenar de Premios Nobel. Y si hace correr tanta tinta es que la gravedad del mensaje que transmite es proporcional al prestigio de los firmantes. Según estos, la organización Greenpeace es, ni más ni menos, culpable de “crimen contra la humanidad”.
La historia es simple como un mensaje publicitario. Greenpeace se opone a los organismos genéticamente modificados (OGM) y, en particular, al “arroz dorado”,un arroz transgénico que se supone capaz de aportar una dosis adicional de vitamina A. Ahora bien, según afirman los firmantes de la carta, en los países del Sur las carencias de vitamina A hacen que todos los años hasta medio millón de jóvenes pierdan la visión o incluso mueran. Por tanto, Greenpeace es responsable de la muerte de esos niños.
Llamamos a los gobiernos del mundo a rechazar la campaña de Greenpeace contra el arroz dorado, en particular, y contra los cultivos y alimentos mejorados gracias a las biotecnologías en general”, escriben los nobeles. “Y a que hagan todo lo posible por oponerse a las acciones de Greenpeace y a acelerar el acceso de los agricultores a todos los instrumentos de la biología moderna, especialmente a las semillas mejoradas mediante las biotecnologías.” La conclusión cae como una condena terrible: “¿Cuántos pobres tienen que morir antes de que consideremos esto un crimen contra la humanidad?
Amalgama
Estas pocas frases encadenadas forman una especie de juego de trile mental que conviene desmenuzar. En primer lugar, dan a entender que Greenpeace es culpable de bloquear la comercialización del arroz dorado, siendo por tanto responsable de la muerte de centenares de miles de “pobres”; acto seguido, crean una amalgama entre biotecnologías y acción humanitaria, favoreciendo la idea de que la función principal de los OGM consiste en salvar vidas. Todo esto es falso.
Es cierto que Greenpeace critica desde hace tiempo y de forma vehemente los intentos del International Rice Research Institute (IRRI) –la organización no lucrativa con base en Filipinas que se encarga de trabajar sobre las variedades del arroz– de desarrollar el arroz dorado. La asociación ecologista considera que este desvía la atención del verdadero problema (la pobreza y el acceso a una alimentación diversa), que fracasará, que su inocuidad no está demostrada, que abrirá la puerta a los OGM comerciales, etc.
Cabe pensar que esta postura muestra la cara más dogmática y más oscura de la ONG: si la difusión de esta tecnología permitiera, aunque solo fuera hasta cierto punto, mejorar el estado de salud de millones de personas, ¿por qué no intentarlo? Sin embargo, para intentarlo haría falta que el arroz dorado estuviera disponible… pero no lo está. “A pesar de lo que han hecho creer a estos galardonados con el Premio Nobel, el arroz dorado no está ni nunca ha estado bloqueado por la oposición pública o por Greenpeace”, explica el antropólogo Glen Stone, profesor de la Universidad Washington de Saint-Louis, en EE UU, quien ha dirigido durante cuatro años un programa de investigación sobre el cultivo del arroz en Filipinas. “Ocurre simplemente que el arroz dorado todavía no está a punto.”
El IRRI, en colaboración con el Instituto de Investigación Filipino sobre el Arroz, llevó a cabo un ensayo en varias parcelas, en 2012 y 2013, pero el arroz dorado “tuvo rendimientos inferiores a la misma variedad desprovista del transgén”, señala Stone. Por consiguiente, los dos institutos todavía no han propuesto el famoso golden rice a las autoridades para su homologación.
En cuanto a la destrucción de una parcela experimental en 2013 (por activistas locales), añade Stone, “se produjo una vez concluido el ensayo y no ha afectado más que a una pequeña parcela de pruebas entre las decenas que hay”. Greenpeace formula por tanto críticas contra los OGM con argumentos que a veces rompen con el consenso científico, pero no es en modo alguno responsable de que no se recurra al arroz dorado.
Esta historia parece más bien una manipulación de la opinión pública utilizando a científicos que no están informados de los hechos en cuestión”, concluye el profesor estadounidense con respecto a la carta de los Premios Nobel. El matemático Philip Stark (Universidad de California, en Berkeley) ha contado a su vez, entre ellos, a “un Nobel de la Paz, 8 economistas, 24 físicos, 33 químicos y 41 médicos”. “La ciencia se basa en pruebas, no en la autoridad”, ha añadido en Twitter. “¿Qué saben de agricultura?¿Han realizado trabajos pertinentes sobre el tema?
La organización de la campaña también plantea algunas dudas. Quien controlaba la entrada en la conferencia de prensa en que se lanzó, el 29 de junio, en el NationalPress Club de Washington, no era otro que JayByrne, ex director de comunicación de Monsanto y actualmente director general de v-Fluence, una empresa de relaciones públicas… Interrogado, Byrnedeclara, sin embargo, que “se ha prestado voluntariamente a ayudar a la logística” y que no mantiene ya ninguna relación con Monsanto.
La iniciativa llega en todo caso en el mejor momento posible para la industria. En primer lugar, en EE UU cunde el debate público sobre el etiquetado de los alimentos transgénicos. Ensegundo lugar, el debate en torno al glifosato–el herbicida que acompaña a la gran mayoría de OGM cultivados–acaba de ser clasificado como “cancerígeno probable” por el Centro Internacional de Investigación sobre el Cáncer. Finalmente, se debate ampliamente si las próximas generaciones de OGM estarán sometidas a normas reglamentarias… Sobre todos estos asuntos, tened cuidado con lo que digáis o escribáis: de acuerdo con las nuevas normas en vigor, podríais ser cómplices de un “crimen contra la humanidad”.
5/7/2016
http://www.ledevoir.com/environnement/actualites-sur-l-environnement/474802/criminel-greenpeace

Traducción: VIENTO SUR
transgénicos - See more at: http://www.vientosur.info/spip.php?article11482#sthash.0el0EgUA.dpuf

jueves, 9 de junio de 2016

No hay alimento que no contenga restos de agrotóxicos

Fuente:http://www.elmiercolesdigital.com.ar/eduardo-cerda-no-hay-alimento-que-no-contenga-restos-de-agrotoxicos/



“Tratamos de romper el mito con el que nos formamos los ingenieros agrónomos de que no se puede trabajar sin agroquímicos” - Eduardo Cerdá
Agroecología

Eduardo Cerdá: “No hay alimento que no contenga restos de agrotóxicos”

La carrera de Licenciatura en Salud Ambiental de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de Entre Ríos realizó el miércoles 8 de junio la IV Jornada de Salud Ambiental para conmemorar el Día Mundial del Ambiente. En la plaza Ramírez se desarrollaron diferentes talleres interactivos, muestras y exposiciones de diversas temáticas referentes a salud y ambiente, juegos, títeres y la presentación de una batucada.
A modo de cierre, en el Salón 1º de Mayo del Rectorado de UNER, y organizada de manera conjunta por la Asamblea Ambiental de Concepción del Uruguay y la Campaña Paren de Fumigar las Escuelas, se realizó una conferencia llamada “Agroecología, La agricultura de los próximos años, segura, rentable y a favor de la vida”, a cargo del Ingeniero Agrónomo Eduardo Cerdá, especialista en Agroecología y el Productor Agroecológico Rubén Schlotthauer.

Por MARIO BOTTARLINI

VOLVER A LAS BASES
“Yo les digo a los de Monsanto que vengan con sus agroquímicos a ver si pueden sacar un choclo como estos”, dice mientras muestra la foto de una decena de enormes mazorcas que  asoman dentro de un balde de veinte litros. Quien dice es Rubén Schlottauer, productor agropecuario que hoy se dedica al cultivo orgánico con un programa diseñado por él mismo al que llamó “Remembranzas”, rememorando justamente la manera de trabajar de los campesinos de otros tiempos, conjugando las recetas de la abuela y manuales del INTA con la tecnología actual. Pero la cosa no siempre fue así. Trabajando en una plantación de cítricos, Schlottauer se contaminó con agroquímicos como le podría haber pasado a cualquiera: chupando una naranja. A través de la saliva, los ácidos cítricos contaminados quemaron células de su bulbo raquídeo afectando sus funciones musculares. “De ser un gringo de ciento diez kilos, pasé a pesar ochenta y dos en menos de un mes”, recuerda. Schlottauer perdió peso, trabajo y familia. Protestante de religión, se refugió en la fe. Con el tiempo pudo recuperarse -con algunas secuelas- y decidió volcarse al cultivo agroecológico. Iniciando una nueva vida en la zona rural de Basavilbaso, hoy trabaja mano a mano con su pareja Alicia Schwartzman, también cultora de la agroecología. Tres hectáreas primero, cincuenta hectáreas en la actualidad, Rubén cultiva desde pradera orgánica, hasta zanahorias y duraznos. También cría gallinas ponedoras y pollos parrilleros con los que después elabora escabeches y dulces. Y todo sin una gota de químicos. “Los ambientalistas veníamos luchando desde hace rato, y hoy la ciencia de la salud nos ha dado la razón y comprobó el daño que producen los agroquímicos, y la realidad también nos lo muestra. ¿Quién no tuvo un amigo o un familiar fallecido a causa de cáncer?” Schlottauer también asegura que con la deriva de las pulverizaciones y fumigaciones, la discusión de a cuántos metros de zonas urbanizadas hay que fumigar, es en vano. Un ejemplo cercano es el de algunos egresados de la LSA (Licenciatura en Salud Ambiental) que están trabajando conjuntamente con municipios de la región relevando las concentraciones de los productos que se están usando para fumigar haciendo un mapeo de la deriva y la acumulación de restos de agroquímicos que en el futuro puedan afectar la salud. Y ni siquiera hay que irse al medio de una plantación para seguir encontrando casos. “La gente común va un negocio, lo pide (al glifosato) y lo usa como quiere. Hasta te ofrecen vendértelo ‘más cargadito’ para que mate todos los yuyos del fondo de su casa. Se fracciona y manipula irracionalmente”, se lamenta  Aldo Costa, Lic. en Salud Ambiental y coordinador de la carrera.


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Productor Agroecológico Rubén Schlotthauer


OTRA FORMA DE CULTIVAR, OTRA FORMA DE VIVIR
Eduardo Cerdá es ingeniero agrónomo, vicepresidente del Centro de Graduados de la Facultad de Agronomía de la Universidad de La Plata, dirigente del Banco Creedicop y asesor privado en agroecología, trabajando con productores y municipios preocupados por la peligrosa cercanía de las fumigaciones. “Tratamos de romper el mito con el que nos formamos los ingenieros agrónomos de que no se puede trabajar sin agroquímicos”. Cerdá asegura que el problema es de base. En casi todas las facultades del país se enseña  sólo un modelo de agronomía. “Incluso la de La Plata, a sus ciento treinta años recién hace trece que los alumnos deben cursar obligatoriamente la cátedra Agroecología para poder recibirse”, puntualiza. En febrero de este año la Organización Mundial de la Salud a través de la FAO (Food and Agriculture Organization- Organización de Alimentos y Agricultura) eligió 52 establecimientos agropecuarios agroecológicos que consideraron exitosos, uno de ellos asesorado por Cerdá desde hace veinticinco años. “Se cree erróneamente que la agroecología es para una huerta o campos chicos. Esta experiencia premiada son 650 hectáreas”. Actualmente está asesorando un campo de 2.500 hectáreas en Gualeguaychú, y en la Provincia de Buenos Aires un total de 12.500 hectáreas. “Si los rendimientos son parecidos y los costos son menores, es un trato que nos beneficia a todos y sin manipular productos que cada vez demuestran mayor toxicidad especialmente con todo lo referido a las enfermedades crónicas que van desde alergias, hasta autismo y cáncer”.

TRABAJO EN RED
En Rojas, Provincia de Buenos Aires, se juntaron representantes de municipios de todo el país y asambleístas con el fin de conformar una Red Nacional Para Fomentar la Agroecología (RENAMA).
“Vamos caminando con los que quieren. Con el paso de los años y con el uso cada vez mayor de agroquímicos, los productores han caído en la cuenta de que no siempre los rindes van acompañados en la medida del aumento de los costos de producción. Hoy las mejores bodegas de Argentina y Chile son biodinámicas, el mejor café de Perú es biodinámico, el mejor chocolate de Ecuador es biodinámico. Los productos están muy valorizados; tienen sabor, están identificados con lo que son y no tienen residuos tóxicos en su composición”.
Finalizando su exposición, Schlottauer muestra gráficos en un Powerpoint, saca cuentas, se entusiasma él mismo y entusiasma al público. “Esto es re-di-tua-ble” -silabea- “Se puede vivir de esto, y de paso dejarle un mejor mundo a nuestros hijos”. De fondo, la foto de un campesino de rodillas en la tierra arada agradeciendo el cielo da fe de ello.

lunes, 23 de mayo de 2016

¿La agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo?

Fuente: https://esthervivas.com/2014/05/20/la-agricultura-campesina-y-ecologica-puede-alimentar-al-mundo/
pagEsther Vivas | Público
La población mundial, se calcula, llegará en 2050 a los 9.600 millones de habitantes, según un informe de las Naciones Unidas. Lo que significa, 2.400 millones más de bocas que alimentar. Ante estas cifras, se extiende un discurso oficial que afirma que para dar de comer a tantísimas personas es imprescindible producir más. Sin embargo, es necesario preguntarnos: ¿Hoy falta comida? ¿Se cultiva bastante para toda la humanidad?
Actualmente, en el mundo, “se producen alimentos suficientes para dar de comer hasta 12 mil millones de personas, según datos de la FAO”, afirmaba Jean Ziegler, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación entre los años 2000 y 2008. Y recordemos que el planeta, lo habitan 7.000 millones. A parte, cada día se tiran 1.300 millones de toneladas de comida a escala mundial, un tercio del total que se produce, conforme un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Según estos datos, de comida no falta.
Las cifras señalan que el problema del hambre no se debe a la escasez de alimentos, a pesar de que algunos se empeñen en afirmar todo lo contrario. El mismo Jean Ziegler lo decía: “Las causas del hambre son provocadas por el hombre. Se trata de un problema de acceso, no de sobrepoblación o subproducción”. En definitiva, es una cuestión de falta de democracia en las políticas agrícolas y alimentarias. De hecho, en la actualidad, se estima que casi una de cada ocho personas en el mundo pasa hambre, según datos de la FAO. La aberración del hambruna actual es que se da en un planeta de la abundancia de comida.
Entonces, ¿por qué hay hambre? Porqué muchas personas no pueden pagar el precio cada día más caro de los comestibles, ya sea aquí o en los países del Sur. Los alimentos se han convertido en una mercancía y si no puedes costearlos antes se tiran que darlos para comer. Del mismo modo, no sólo se producen cereales para alimentar a las personas sino, también, para los coches, como los agrocombustibles, y para los animales, la cría de los cuales necesita de mucha más energía y recursos naturales que si se alimenta, con dichos cereales, directamente a personas. Se elabora comida, pero una gran cantidad de la misma no acaba en nuestro estómago. El sistema de producción, distribución y consumo de alimentos está diseñado únicamente para dar dinero a aquellas empresas del agronegocio que monopolizan de origen a fin la cadena agroalimentaria. He aquí, la causa del hambre.
Por consiguiente, ¿por qué algunos siguen insistiendo en que hay que producir más? ¿Por qué nos dicen que hace falta una agricultura industrial, intensiva y transgénica que nos permita alimentar al conjunto de la población? Nos quieren hacer creer que las causas del hambre serán la solución, pero esto es falso. Más agricultura industrial, más agricultura transgénica, como ya se ha demostrado, significan más hambre. Hay mucho en juego, cuando hablamos de comida. Las grandes empresas del sector lo saben bien. De aquí que el discurso hegemónico, dominante, nos diga que ellas tienen la solución a la hambruna mundial, cuando en realidad son quienes, con sus políticas, la provocan.
Otro paradigma agroalimentario
Visto lo visto, ¿qué podemos hacer? ¿Qué alternativas hay? Si queremos comer todos y comer bien, es necesario apostar por otro modelo de alimentación y agricultura. Antes, afirmábamos, que ahora hay comida suficiente para todo el mundo. Esto es así, con una dieta diferente, con mucho menos consumo de carneque la dieta occidental actual. Nuestra “adicción” a la carne, hace que necesitemos mucha más agua, cereales y energía para producir comida, para cebar el ganado, que si nuestra dieta fuese más vegetariana. Se calcula, según el Atlas de la Carne, que 1/3 de las tierras de cultivo y un 40% de la producción de cereales en el mundo se destina a alimentarlos. Hacer compatible, la vida humana con los límites y recursos finitos del planeta tierra pasa, también, por cuestionarnos qué comemos.
A parte, otro tema se plantea, si se propone prescindir de una producción de alimentos industrial, intensiva, transgénica, ¿qué alternativa tenemos? ¿La agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo? Cada vez son más la voces que dicen que “sí”. Una de las más reconocidas es la de Olivier de Schutter, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación entre los años 2008 y 2014, quien afirmaba, en su informe “La agroecología y el derecho a la alimentación”, presentado en marzo del 2011, que “los agricultores pequeños podrían duplicar la producción de alimentos en una década si utilizaran métodos productivos ecológicos” y añadía “se hace imperioso aplicar la agroecología, para poner fin a las crisis alimentarias y ayudar a afrontar los retos vinculados a la pobreza y al cambio climático”.
Según de Schutter, la agricultura campesina y ecológica es más productiva y eficiente y garantiza mejor la seguridad alimentaria de las personas que la agricultura industrial: “La evidencia científica demuestra que la agroecología supera al uso de los fertilizantes químicos en el fomento de la producción de alimentos, sobre todo en los entornos desfavorables donde viven los más pobres”. El informe “La agroecología y el derecho a la alimentación”, a partir de la sistematización de datos de varios estudios de campo, lo dejaba claro: “En diversas regiones se han desarrollado y probado con excelentes resultados técnicas muy variadas basadas en la perspectiva agroecológica. (…) Tales técnicas, que conservan recursos y utilizan pocos insumos externos, tienen un potencial demostrado para mejorar significativamente los rendimientos”.
Uno de los principales estudios, dirigido por Jules Pretty, y citado en dicho informe de la ONU, analizaba el impacto de la agricultura sostenible, ecológica y campesina en 286 proyectos de 57 países pobres, en un total de 37 millones de hectáreas (el 3% de la superficie cultivada en países en desarrollo), y sus conclusiones no dejaban lugar a dudas: la productividad de estas tierras, gracias a la agroecología, aumentó en un 79% y la producción media de alimentos por hogar creció en 1,7 toneladas anuales (hasta un 73%). Posteriormente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) tomaron de nuevo estos datos para analizar el impacto de la agricultura ecológica y campesina específicamente en los países africanos. Los resultados aún fueron mejores: el aumento medio de las cosechas en los proyectos en África fue del 116% y en África Oriental del 128%. Otros estudios científicos, citados en el informe “La agroecología y el derecho a la alimentación”, llegaban a las mismas conclusiones.
Además, la agricultura ecológica y campesina no solo es altamente productiva, e incluso más que la agricultura industrial, especialmente en los países empobrecidos, sino que, como afirmaban los estudios anteriormente citados, cuida de los ecosistemas, permite “contener e invertir la tendencia en la pérdida de especies y la erosión genética” y aumenta la resiliencia al cambio climático. Asimismo, da mayor autonomía al campesinado: “Al mejorar la fertilidad de la producción agrícola, la agroecología reduce la dependencia de los agricultores de los insumos externos y de las subvenciones estatales”.
La agroecología suma apoyos
Otro importante informe que apunta en esta dirección son las conclusiones a las que llegó uno de los principales procesos intergubernamentales que se hayan llevado a cabo para evaluar la eficacia de las políticas agrícolas: la Evaluación Internacional del papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola (IAASTD, en sus siglas en inglés). Una iniciativa impulsada, en un primer momento, por el Banco Mundial y la FAO, y que contó con su patrocinio y el de otras organizaciones internacionales como el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el PNUMA, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El objetivo de dicho proceso era evaluar el papel del conocimiento, la ciencia y la tecnología agrícola en la reducción del hambre y la pobreza en el mundo, la mejora de los medios de subsistencia en las zonas rurales y la promoción de un desarrollo ambiental, social y económico sostenible. La evaluación, que se llevó a cabo entre los años 2005 y 2007, contó con una dirección integrada por representantes de gobiernos, ONGs, grupos de productores y consumidores, entidades privadas y organizaciones internacionales, con un claro equilibrio geográfico, quienes escogieron a 400 expertos mundiales para que llevaran a cabo dicho estudio, que incluía una evaluación mundial y cinco de regionales.
Sus conclusiones marcaron un punto de inflexión, ya que por primera vez un proceso intergubernamental de estas características, y patrocinado por dichas instituciones, realizaba una apuesta clara y firme por la agricultura ecológica y señalaba su alta productividad. En concreto, el informe afirmaba que “el aumento y el fortalecimiento de los conocimientos, la ciencia y la tecnología agrícola orientados a las ciencias agroecológicas contribuirán a resolver cuestiones ambientales, al tiempo que se mantiene y aumenta la productividad”.
Asimismo, consideraban que la agricultura ecológica era una alternativa real y viable a la agricultura industrial, que garantizaba mejor la seguridad alimentaria de las personas y que era capaz de revertir el negativo impacto medioambiental de esta última. El informe decía: “La huella ecológica de la agricultura industrial es ya demasiado grande como para ignorarla (…). Las políticas que promueven una adopción más rápida de soluciones de eficacia (…) para la mitigación y la adaptación al cambio climático pueden contribuir a frenar o invertir esta tendencia y, al mismo tiempo, mantener una adecuada producción de alimentos. Las políticas que promueven prácticas agrícolas sostenibles (…) estimulan una mayor innovación tecnológica, como la agroecología y la agricultura orgánica para aliviar la pobreza y mejorar la seguridad alimentaria”.
Los resultados del IAASTD consideraban, igualmente, a la agricultura industrial e intensiva como generadora de “inequidades”, la acusaban del “manejo insostenible del suelo o el agua” y de prácticas basadas en la “explotación laboral”. La evaluación concluía que “las variedades de cultivos de alto rendimiento, los productos agroquímicos y la mecanización han beneficiado principalmente a los grupos dotados de mayores recursos de la sociedad y a las corporaciones transnacionales, y no a los más vulnerables”. Unas afirmaciones inauditas, hasta el momento, en el panorama internacional por parte de instituciones y gobiernos.
Este informe, con dichas conclusiones, fue aprobado por las autoridades de 58 países en una asamblea plenaria intergubernamental, en abril de 2008, en Johannesburgo, quienes mostraron su acuerdo y avalaron los resultados. Estados Unidos, Canadá y Australia, por su parte, y como no nos sorprenderá, se negaron a suscribir esta evaluación y mostraron reservas y disconformidades a la totalidad.
En conclusión
Los informes de Olivier de Schutter, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, y del IAASTD señalan sin ambigüedades la alta capacidad productiva de la agricultura campesina y ecológica, igual o superior, dependiendo del contexto, a la agricultura industrial. Al mismo tiempo, consideran que ésta permite un mayor acceso a los alimentos por parte de las personas, al apostar por una producción y una comercialización local, y además, con sus prácticas, respeta, conserva y mantiene la naturaleza. El “mantra” de que la agricultura industrial es la más productiva y la única que puede dar de comer a la humanidad, se demuestra, en base a estos estudios, totalmente falso.
En realidad, no solo la agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo sino que es la única capaz de hacerlo. No se trata de un retorno romántico al pasado ni de una idea bucólica del campo sino de hacer confluir los métodos campesinos de ayer con los saberes del mañana y democratizar radicalmente el sistema agroalimentario.
*Artículo en Público.es, 20/05/2014.

martes, 17 de mayo de 2016

Calentamiento Global; el ala más conservadora del partido republicano estadounidense lo niega. Como las extremas derechas e izquierdas de muchos otros países

Ciencia y mitos sobre el calentamiento global

Fuente:

http://www.biodiversidadla.org/Principal/Secciones/Documentos/Ciencia_y_mitos_sobre_el_calentamiento_global


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Crisis climática
El calentamiento del sistema climático es inequívoco. La actividad humana es la causa fundamental de crecientes alteraciones al delicado equilibrio climático planetario, principalmente a través del consumo de combustibles fósiles, la destrucción de bosques y la agricultura. Lo difícil de aceptar es que sus consecuencias sean tan devastadoras que amenacen tanto la sobrevivencia de la humanidad misma, como la estabilidad de los sistemas naturales que conocemos.
No es la primera vez que la humanidad se enfrenta a contradicciones entre ciencia y mitos, aunque estos se camuflen como hechos científicos. Hemos tenido que adaptarnos a avances científicos aunque contradigan creencias arraigadas, o aunque hayan socavado la ilusión de grandeza y excepcionalismo de la raza humana.
La contribución neta de causas naturales al calentamiento global es insignificante en comparación con la de gases de efecto invernadero. Los escépticos y negacionistas, tanto del calentamiento global como de su origen antropogénico, han sido reducidos a una agonizante minoría debido fundamentalmente a la incoherencia y falta de evidencias de sus argumentos, aunque los enmascaren en retórica científica. La abrumadora contundencia de crecientes y cada vez más precisas evidencias científicas reafirma que el calentamiento global no es una predicción, sino un fenómeno presente y en acelerada evolución, socavando con inusitada efectividad el equilibrio natural del que depende la sobrevivencia misma de la humanidad.
El 97% de la comunidad científica coincide tanto en la magnitud como en el origen antropogénico del calentamiento global. Las academias nacionales de ciencia de 80 países se han pronunciado apoyando este consenso.
El abrumador consenso de la comunidad científica internacional sobre el origen y la magnitud de éste fenómeno ha servido como basamento para la suscripción del Acuerdo Climático de París por todos los países del mundo en diciembre del 2015, tras 23 años de negociaciones y una explosión de la investigación científica sobre los diferentes aspectos de este fenómeno durante el mismo período.